La llegada del primer hombre a la Luna fue un éxito tan sorprendente que aún hoy nos conmueve, pero a la vez, mientras uno va descubriendo cada uno de los detalles que condujeron a semejante logro es casi inevitable imaginar que también podría haber salido mal… trágicamente mal.

El mismo Neil Armstrong, el primer hombre en pisar la Luna dijo tras la misión: “Nos daban al menos un 90% de posibilidades de regresar con vida y un 50% de conseguir alunizar”
Las misiones Apolo anteriores sirvieron de mucho, pero hasta ese momento nunca se había estado tan cerca de la Luna. Pese a los cálculos y suposiciones nuestro satélite natural era sin duda, un mundo desconocido y lleno de incógnitas. Incluso la capacidad técnica fue llevada a su límite con todo lo que esto implica desde la ingeniería.

LOS PROBLEMAS ANTES DEL ALUNIZAJE

Las maniobras de aterrizaje y despegue de la Luna eran lo más peligroso de la misión y por eso el discurso solo aborda las muertes de Armstrong y Aldrin.

Cuando el Eagle estaba sobre el final del tan esperado alunizaje se sucedieron varios imprevistos que el piloto Edwin “Buzz” Aldrin y el comandante de la misión, Neil Armstrong tuvieron que resolver en tiempo real con algo de colaboración por parte del equipo de control en Houston.

Persistentes dificultades en las comunicaciones, la aparición de varias alarmas inesperadas a bordo y un error en la navegación ya habían puesto muy en riesgo la fase más crítica de la misión. A todo ello se unió la amenaza de una inestabilidad en el motor de descenso. Solo esto hubiera bastado para que se decidiera el aborto del alunizaje. Esto claro está, si las consecuencias fatales para los astronautas no ocurrían antes. Casi como en los mejores films de acción, tampoco les faltó que el nivel de carburante se reducía demasiado pronto y Armstrong apenas alcanzó a encontrar un lugar poco rocoso donde pudieron descender antes de verse obligado a abortar. “Los copiamos en la Tierra”, respondió el responsable de comunicaciones, Charles Duke, desde Houston cuando al fin tocaron suelo lunar. “Tenían a un montón de chicos a punto de ponerse azules. Respiramos de nuevo”.

A Michael Collins, le tocó quedarse 22 horas en órbita lunar a bordo del módulo de mando y no llegó a pisar la Luna en este viaje (a diferencia de Armstrong y Aldrin). Dijo que mientras esperaba, temía no volver a verlos. “Mi miedo secreto desde hace seis meses ha sido dejarlos en la Luna y regresar solo a la Tierra. Si no consiguen despegar o se estrellan, no voy a suicidarme. Volveré a casa, pero seré un hombre señalado durante el resto de mis días, lo sé”, reflexionó Collins por esos días.

La tripulación del Apolo 11, (de izquierda a derecha) Neil Armstrong, Michael Collins y Edwin (Buzz) Aldrin Jr.

EN CASO DE DESASTRE LUNAR

Los días previos al 20 de julio de 1969, el temor a un accidente fatal se apoderaba de los máximos funcionarios de la Casa Blanca y la NASA. Fue entonces cuando se vieron en la necesidad de presentar planes de contingencia precisos en caso de que los astronautas lograsen aterrizar en la Luna, pero luego no pudieran regresar al Módulo Lunar. De haber sucedido esto, no había rescate posible. Hubieran quedado condenados a morir allí, ya sea por asfixia lenta o tal vez por suicidio.

El jefe de gabinete de la Casa Blanca ordenó a William Safire, entonces escritor de discursos de la Casa Blanca (y más tarde columnista del New York Times), que redactara un discurso notable para que el presidente Richard Nixon entregara a la nación, a través de la televisión, si fuera el caso. Safire también incluyó en el discurso instrucciones para otras acciones que deberían tomarse. En particular, escribió, Nixon debería telefonear a las esposas de los astronautas, a quienes se refirió escalofriantemente como las “futuras viudas”. En cierto punto, la NASA “terminaría las comunicaciones” con los astronautas, escribió Safire, y un clérigo debería llevar a cabo el equivalente de un entierro en el mar, terminando con la Oración del Señor.
En estas líneas, el presidente se comprometía a resguardar la memoria de los caídos: “Otros seguirán, y seguramente encuentren el camino a casa. Pero estos hombres fueron los primeros, y seguirán siendo los primeros en nuestros corazones”.

El discurso no entregado de Safire permaneció oculto durante casi tres décadas. Fue encontrado por casualidad a fines de la década de los 90’, en los archivos de la administración de Nixon. El documento estaba titulado “En caso de desastre lunar”.

LA CARTA COMPLETA

El destino ha ordenado que los hombres que fueron a la luna a explorar en paz se queden en la luna para descansar en paz.

Estos valientes hombres, Neil Armstrong y Edwin Aldrin, saben que no hay esperanza para su recuperación. Pero también saben que hay esperanza para la humanidad en su sacrificio. Estos dos hombres están tumbados en el más noble objetivo de la humanidad: la búsqueda de la verdad y la comprensión.

Serán llorados por sus familias y amigos; serán llorados por la gente del mundo; serán llorados por una Madre Tierra que se atrevió a enviar a dos de sus hijos a lo desconocido.

En su exploración, incitaron a la gente del mundo a sentirse como uno; en su sacrificio, atan más fuertemente a la hermandad de los hombres. En la antigüedad, los hombres miraban las estrellas y veían a sus héroes en las constelaciones. En los tiempos modernos, hacemos lo mismo, pero nuestros héroes son hombres épicos de carne y hueso.

Otros seguirán y seguramente encontrarán su camino a casa. La búsqueda de un hombre no será negada. Pero estos hombres fueron los primeros, y seguirán siendo los primeros en nuestros corazones.

Porque todo ser humano que mire a la luna en las noches venideras sabrá que hay algún rincón de otro mundo que es para siempre la humanidad.

Lo que Safire escribió, habría calificado como el discurso más elocuente que Nixon haya dado, y uno de los más conmovedores de cualquier presidente estadounidense. Afortunadamente, nunca tuvo que ser entregado y hoy permanece en un museo del presidente Nixon.